Hipocresía Real

junio 29, 2010

Carta a Su Majestad, el Rey Juan Carlos I:

Alteza, éste domingo como bien sabe, ha tenido lugar en el Congreso de los Diputados, el primer homenaje a las víctimas del terrorismo que se celebra en tal sitio. En el discurso que ha pronunciado, ha instado a la sociedad a “tener el deber y la responsabilidad de agradecer su coraje, de proteger su dignidad, de garantizar sus derechos y de reparar su sufrimiento”.

Extrañas reflexiones en boca de un monarca que:

No ha dudado en pisar el coraje, la dignidad, los derechos y el sufrimiento de 192 muertos que fallecieron en Madrid hace ya seis años;

Que firma las leyes que permiten que un hijo se vaya a la tumba sin que se le haya hecho justicia a su padre asesinado;

Que con su silencio permite que asesinos salgan a la calle, y residan en el mismo bloque que una victima del terrorismo.

El que calla otorga, debería de saber Su Majestad, aunque… ¿Quién es un insignificante súbdito como para cuestionar las decisiones de su alteza?

Guardar silencio en un día como hoy, como ayer, y desde hace 6 años sin pedir una investigación sin irregularidades ni incógnitas, sin secretos de sumario ni humillaciones a las víctimas, sin versiones oficiales ni dobles sentencias escritas, es una defección moral de la que, orgulloso, hace gala careciendo de vergüenza y pudor en este acto del Congreso.

Su afán por levantar simpatías entre los sectores más radicales de la izquierda, nos está costando vidas, Majestad, y no solo eso, sino también nos está costando el dolor y la dignidad de las víctimas que a usted tanto le gusta citar en sus Mensajes Reales y pomposos discursos.

Si verdaderamente su deseo, es el de “desterrar para siempre las divergencias irreconciliables, el rencor, el odio y la violencia, y lograr una España unida en sus deseos de paz y de armonía” tal como y como lo expresó un veintisiete de diciembre de mil novecientos setenta y ocho, el pueblo le ruega que empiece de una vez a trabajar para poder conseguir tan honroso fin.

La complicidad que otorga con silencio, no hace sino asfixiar aún más a un pueblo que se ve avasallado por criminales en las calles, desalmados en los escaños, y algunas veces auténticos miserables disfrazados bajo una toga.

Recupere el espíritu que con tan buen rumbo nos llevó a la democracia, y haga de la nación que reina el lugar que el día de la promulgación de la Constitución prometió a todos los españoles.

LMR

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